
Él alguna vez había escuchado hablar de la rueda de la fortuna, pero nunca le prestó atención. Las cuestiones lúdicas no eran preocupaciones que le atrajeran demasiado interés. Sin embargo una vez, allá por 1997, aceptó la invitación de un amigo e ingresó al suntuoso local donde estaban dispuestos los famosos discos numerados, además de otros juegos de azar.
Recordó que se quedó mirando fascinado el girar de la rueda y el caer de la blanca bola. El círculo perfecto con los números dispuestos en los simétricos casilleros bicolores; la mesa verde con esos mismos números dibujados en dos colores (menos uno que era verde); la gente en derredor concentrada en colocar coloridas fichas sobre los cuadros de la mesa, configuraba para él, un mundo novedoso y acogedor.
Le enseñaron a jugar y practicó con diversa suerte. Aquello se convirtió de a poco en una grata costumbre social donde él se sentía a gusto. Lo trataban bien y con respeto, las meseras y los mozos eran muy atentos y los croupiers correctos caballeros, lo que lo indujo a hacerse habitué de aquel sitio. Había allí gente de todas las clases sociales; desde turistas de todo el orbe; amas de casa; simples “changarines”, hasta hombres vinculados al poder.
De frecuentar sólo los fines de semana, pronto comenzó a ir todas las noches hasta convertirse en una rutina. En los primeros tiempos jugaba pocos pesos; después fue su sueldo completo. Ni siquiera tomaba la previsión de dejar dinero para el alquiler ni otras expensas. Aunque alguna vez ganó algo, casi siempre perdía todo lo que costosamente había ganado en el mes. Recordó las veces que tenía que volverse caminando en los inviernos por que se quedaba sin un centavo para el taxi, y con la pena de saber que no tendría siquiera para comer. La angustia le aprisionaba el pecho mientras caminaba por las gélidas calles profiriendo insultos contra el destino y contra sí mismo, a la vez que se armaba una batería de excusas para afrontar sus obligaciones.
Obviamente esto no pasaba desapercibido ni para sus amigos íntimos ni para sus compañeros de trabajo, quienes comenzaban a hablar a sus espaldas, haciendo comentarios socarrones o bromas alusivas. Se sintió menospreciado por todos y especialmente traicionado por sus seres queridos. –Ya van a ver- se decía, imaginando tal vez que cuando la suerte estuviere de su lado, sus amigos le iban a dar la razón que a todas luces estaba perdiendo.
Pero llegaba otro fin de mes y él se proponía por enésima vez a tomar revancha y desquitarse contra los dictados del azar. Retomaba el cíclico duelo, él contra la endemoniada rueda, la que progresivamente le iba dejando los bolsillos flacos. Ya en las postrimerías de la noche y con sus últimas fichas, volvía la angustia a su corazón. El sudor de sus manos hacía que las fichas se pegotearan, la pesadez del ambiente atosigado de humo, lo ponía más nervioso... temblaba, el ceño se le fruncía y su rostro se ponía grave. Miraba en derredor y parecía que todos se confabulaban contra él: el destino, los croupiers, las meseras, los mozos, los turistas japoneses y la misma divinidad.
Él no era hombre de dejarse vencer fácilmente, la raigambre vascongada le había puesto su impronta testaruda. Trató de encontrar un orden cósmico en la arbitrariedad de los números. Cayó preso en una obsesión matemática, se decía a sí mismo que debía haber alguna forma de vencer al azar. Trataba de memorizar secuencias numéricas; hacía cálculos aritméticos de toda naturaleza: ecuaciones, permutaciones, proporciones múltiples, que en la teoría parecían funcionar pero en la práctica no le respondían.
Se buscó algunos conocidos tan obsesionados como él por la “rula”, para hacer jugadas combinadas; interpoló significados esotéricos con cálculos más o menos racionales, allí descubrió que la sumatoria de todos los números involucrados daba como resultado el 666. Se asustó un poco, pero luego –como una justificación interior- lo atribuyó a alguna cábala de los arcanos inventores de la maldita ruleta y no a una alusión a “la bestia” apocalíptica. Asimismo dividió la rueda en sectores de preferencia; estudió la potencia de tiro de cada tirador, la influencia de la luna llena combinada con los días martes y viernes, además de otras veleidades pitagóricas, pero nada. No había forma ni método que valga contra los endiablados números. Es cosa de Mandinga, pensó.
Pero una noche despertó de golpe. Se incorporó transpirado. ¡Claro! –se dijo- cómo algo tan simple no lo había tomado en cuenta. ¡Tanto sufrir y la solución era tan sencilla! . Rápidamente anotó en un papel la disposición de los números tal como la había soñado. Recordó –somnoliento aún- que un sabio descubrió la estructura del átomo también gracias a un sueño, no acertó a discriminar entre Niels Bohr o Ernest Rutherford, bueno ¡pero qué importaba!.
Aunque sin dinero, esa misma semana fue a poner en práctica su descubrimiento. Tomó la precaución de estudiar en el terreno la posibilidad de aciertos y para su sorpresa, en la proyección hubiese ganado un dineral. Durante varias noches hizo lo mismo, no obstante las ligeras variantes, también la progresión era positiva. Sin dudas el talón de Aquiles del azar ¡era la propia arbitrariedad!. Ahora sólo le restaba esperar a fin de mes para traer suficiente dinero con qué jugar.
Un estado permanente de alegría indescriptible se apoderó de su ser. Comenzó a construir un mundo imaginario donde todos los beneficios de la sociedad de consumo y los privilegios del ascenso social, estaba al alcance de su mano. Ahora podía vengarse de sus amigos y conocidos que lo defenestraban. A sus íntimos les daría el secreto pero primero los haría sufrir un poco dándoles falsas variables numéricas, para que sepan cómo se siente en la piel, la angustia de perder. Sólo después les haría participar de la alegría inmensa de vencer a los dislates probabilísticos del azar.
En esas cavilaciones estaba cuando por la mañana leyó el gran titular de un diario desplegado en la ventana de un kiosco cercano. En caracteres catastróficos anunciaba: “Cerrarán todos los casinos de la Provincia”. No lo podía creer. Una iniciativa parlamentaria de la Liga Moralista del Sur había prosperado y obligaba a la cesación de todas las actividades lúdicas, salvo las de beneficencia. Su rostro se desencajó, sus ojos increíblemente abiertos seguían sin dar crédito a lo que estaba leyendo. Lentamente comenzó a caminar mascullando escéptico por la vereda poceada. Un ligero cosquilleo le pellizcó el pecho. Mientras caía desvanecido, con el último hálito de vida, creyó ver en la bruma de su inconsciencia, a la inteligencia macabra que controla todos los designios del albur y de las contingencias humanas, riendo a carcajadas.

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